HISTORIA DEL TATUAJE (Parte I)

HISTORIA DEL TATUAJE (Parte I)

Por Marta Moreira y Astek.

Los orígenes

Sabemos gracias a los arqueólogos que la práctica de tatuarse la piel es tan antigua como el homo sapiens. La primera prueba científica que se tiene de este hecho es un cuerpo momificado que se custodia en el museo de arqueología de la ciudad italiana de Bolzano, tras ser descubierto en 1991 en los Alpes de Ötzal. Los investigadores contaron hasta 61 tatuajes distribuidos en su cuerpo, conservado en hielo durante 5.300 años. Líneas en la muñeca izquierda, en la zona lumbar y en ambas piernas. Precisamente en aquellos lugares donde este hombre prehistórico sufría de artritis, lo que sugiere que ya en el Neolítico se atribuían a los tatuajes fines mágicos o curativos.

Existen indicios suficientes para rastrear a grandes rasgos la evolución geográfica e histórica del arte del tatuaje, que adquiría diferentes significados en cada una de las civilizaciones en las que se asentaba. Sabemos, por ejemplo, que las sacerdotistas egipcias de la XI dinastía ya se tatuaban, y que, en torno al año 1.000 a. C., el tatuaje llegó a África y a Asia desde Europa.

No en todas partes adquirió las mismas connotaciones. En unas civilizaciones se desarrolló como una forma de expresión artística, a la que dotaban de nuevos coloridos y composiciones, y en otras como en la Antigua Grecia y en Roma, eran utilizados como método de estigmatización. Es decir, para marcar a esclavos y criminales. Con Constantino I -el primer emperador romano que dio libertad de culto a los cristianos-, comenzó un periodo de prohibición que se prolongó durante la Edad Media.

JAMES Cook y el regreso del tatuaje al mundo Occidental (finales del siglo XVIII)

James Cook

Demos un salto en el tiempo para hablar de los orígenes del tatuaje moderno. Para ello, debemos trasladarnos al Pacífico Sur. Concretamente a Tahití, la isla más grande de la Polinesia Francesa. El legendario navegante y explorador británico James Cook desembarcó en 1769 en este lugar paradisíaco y observó con curiosidad las tradiciones de los indígenas. Escribió sobre una extraña costumbre consistente en pintarse el cuerpo con dibujos de perros, pájaros o figuras geométricas; unos dibujos indelebles que los tahitianos denominaban tatu (“golpear”) y los samoanos tátau. Por derivación fonética, Cook transcribió esa palabra al inglés como tattow, donde ya podemos atisbar el origen de la palabra moderna tattoo (inglés), tatuaje (español) o tatouage (francés).

En sus exploraciones por Nueva Zelanda, Cook entró en contacto también con las tribus maoríes neozelandesas, y observó cómo éstas también tenían la costumbre de adornar su cuerpo con tinta. Le llamaron la atención los faciales, un tipo de marcas que hacían referencia a la familia, al linaje, la clase social o los logros de esa persona a lo largo de su vida. Del mismo modo que a las mujeres en Tahití se les tatuaban las nalgas de negro cuando alcanzaba la madurez sexual, en Hawái marcarse tres puntos en la lengua era una señal de luto, y en Borneo un ojo simbolizaba un guía espiritual hacia otra vida. Resulta completamente lógico que este fascinante mundo de símbolos y rituales tuviera su eco en Europa a través de los marineros que volvían de sus viajes en ultramar. Ellos fueron el eslabón que permitió que poco a poco el tatuaje se popularizase entre la población general del mundo occidental.

Los primeros estudios profesionales

Estados Unidos: Martin Hildebrandt (1825-1890)

 

Martin Hildebrandt (1825-1890)

Aunque se sabe que al menos desde 1700 los nativos americanos ya usaban el pigmento del hollín o molían minerales para tatuarse, la popularización de la aguja y la tinta en Estados Unidos tuvo su punto de inflexión en la guerra civil estadounidense (1861-1865), con un protagonista indiscutible: Martin Hildebrandt. Durante los años de la contienda, este marinero de origen alemán se labró una reputación importante tatuando a soldados tanto del bando de la Unión como de los Confederados. Un prestigio que aprovechó para abrir en 1875 el primer estudio permanente de tatuajes en el país. Se ubicó en el número 77 de la calle James Street del bajo Manhattan, Nueva York. Una ciudad que hervía con la llegada incesante de inmigrantes.

Inglaterra: Sutherland MacDonald (1860-1937) y George Burchett (1872-1953)

Sutherland MacDonald (1860-1937) y George Burchett (1872-1953)

Catorce años más tarde que Martin Hildebrandt, un hombre llamado Sutherland Macdonald abrió en Londres el primer estudio de tatuaje profesional del Reino Unido. Debió ser toda una hazaña, teniendo en cuenta que la inauguración se produjo en plena época victoriana, conocida por su carácter represivo y moralizante. Gracias en gran parte a Macdonald, el tatuaje pasó de ser una afición absolutamente marginal, a ganarse el favor de la realeza. Algunos historiadores señalan que en realidad el factor decisivo que puso de moda el tatuaje entre las élites europeas fue el hecho de que el rey Eduardo VII de Inglaterra y su hijo se tatuaran en Jerusalén y Japón.

Al parecer, Macdonald tatuó a varios hijos de la Reina Victoria, así como a los reyes de Noruega y Dinamarca, entre otros clientes famosos. “Durante casi cuarenta años, miembros de la nobleza y otras personalidades subieron por las estrechas escaleras de la calle Jermyn para visitar a Macdonald y dejar en su piel algunos de los ornamentos más bellos jamás vistos”, escribió George Burchett en su libro de 1953 Memoirs of a Tattooist (Memorias de un Tatuador).

El legado de este pionero incluye también la patente de una máquina eléctrica para tatuar en 1894, así como la introducción del azul y el verde en sus trabajos. Un artículo de 1897 en la revista Strand, escrito por Gambier Bolton, afirmaba que “para sombrear o realizar trabajos pesados, Macdonald todavía usaba herramientas japonesas y asas de marfil”. En otras palabras, fue una figura clave para dotar de sofisticación al arte del tatuaje.

George Burchett, doce años más joven que Macdonald, fue considerado como uno de los tatuadores más famosos del mundo durante los años en los que estuvo en activo: desde 1890 a 1953. Nació en la ciudad costera de Brighton, pero desarrolló su carrera en Londres, primero en Mile End Road, y después en el número 72 de Waterloo Road. Además de ser estrella del gremio durante las dos guerras mundiales, fue el tatuador preferido de la realeza europea y la burguesía. Entre sus clientes, Federico IX de Dinamarca, Jorge V o el rey de España Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I.

Burchett, que se había formado con Tom Riley y el ya citado Sutherland MacDonald, había servido en la Marina, lo que le dio la oportunidad de ampliar el repertorio de diseños habitual con motivos “prestados” de África, Japón o el Sudeste Asiático.

Tecnología y tatuaje: Las primeras máquinas.

Patente de Charles Wagner

Junto a la evolución de los motivos y los recursos artísticos aplicados a la tinta sobre la piel, la historia del tatuaje es también la de su desarrollo tecnológico. Hasta que se inventó la primera máquina eléctrica, se trabajaba con métodos rudimentarios y artesanales, aprendidos de las tribus primigenias de distintas partes del mundo. Los maoríes, por ejemplo, utilizaban cinceles para abrir pequeñas heridas por las que penetraba la tinta. En Tailandia, Polinesia o Egipto utilizaban pequeñas agujas fabricadas con materiales huecos que se afilaban, como el bambú o huesos de albatros.

La primera máquina de tatuaje tiene nombre irlandés, aunque su creador era un hijo de inmigrantes nacido en Connecticut en 1854. Samuel O’Reilly se inspiró en el prototipo de rotativa ideado por Thomas Edison, que era una especie de bolígrafo accionado por un motor eléctrico que perforaba el papel para crear una plantilla que permitiese copiar varios documentos a la vez. En 1891, O’Reilly se dio cuenta de que el invento de Edison podría utilizarse, con algunos cambios, para tatuar la piel. Su máquina supuso una revolución total, porque incrementaba la velocidad y reducía el dolor.

Pero era mejorable, claro está. Esa primera máquina era bastante pesada, lo que complicaba su utilización. Este modelo evolucionó hacia otro más eficiente que incluía dos bobinas electromagnéticas, resortes y barras de contacto. A principios del siglo XX, Charles Wagner mejoró todavía más este último modelo. Añadió al diseño original dos electroimanes colocados perpendicularmente a la posición de la mano del artista. También permitía cambiar de aguja con facilidad y tenía otras comodidades parecidas a las de las máquinas de tatuar modernas, ya que permitía regular el flujo de tinta y estabilizar la aguja.

Tatuajes realizados por Percy Waters.

Las patentes se suceden durante los años treinta, aunque destaca sobre todo el nombre de Percy Waters, que fabricó en 1920 la primera máquina de tatuaje moderna al colocar los dos electroimanes en posición paralela a la mano del tatuador.

 

Primeras referentes femeninas del tatuaje

No podemos hablar de los precursores del tatuaje sin hablar de las mujeres. Las primeras damas del tatuaje estaban vinculadas al mundo del circo. La contemplación de los dibujos imborrables sobre la piel era un espectáculo en sí mismo para la sociedad de principios del siglo XX. Cuanto mayor era el número, más exóticos los motivos y más fantasiosas las historias que los acompañaban, más se pagaba y más entradas se vendían.

Maud Stevens, Nora Hildebrandt e Irene Woodward.

Maud Stevens (1877-1961) era una trapecista de Kansas que vivía en un carromato cuando conoció a Gus Wagner, un marinero y tatuador que había aprendido el oficio en sus viajes por Java y Borneo. Más de trescientos tatuajes marcaban su piel cuando se conocieron. Dicen que ella accedió a salir con él a cambio de que la enseñara a tatuar. Así es como se convirtió en Maud Wagner, maestra de la técnica del hand poked -prefería el método tradicional, a pesar de que la máquina eléctrica ya existía por aquel entonces- y primera tatuadora profesional de la historia. También convirtió su propio cuerpo en un lienzo atiborrado de motivos florales, zoológicos y palabras.

Maud fue la primera tatuadora, pero no la primera mujer famosa por su rendición total al arte del tatuaje. Ese reconocimiento le corresponde a Nora Hildebrandt, hija del pionero Martin Hildebrandt, del que hablábamos al principio de este artículo. Desde que era una niña, su padre la utilizó para practicar, de modo que cuando cumplió 30 años contaba ya con 365 tatuajes repartidos por todo el cuerpo. Encontró su destino profesional en el circo con una compañía muy importante de la época, Barnum & Barley, con la que se embarcó en continuas giras en la última década del siglo XIX.

Pero una joven de 19 años, Irene Woodward, eclipsó la fama de Nora de forma, al parecer, bastante repentina. Irene, que también lucía todo su cuerpo tatuado, captó de inmediato la atención de los medios, desbancando a su antecesora. El New York Times la definió como una mujer de mente abierta y muy guapa, cuyos 400 tatuajes tejían una historia personal de libertad y esperanza. En 1890 hizo su debut internacional en una gira por Europa, exportando la fama de las “damas del tatuaje” al otro lado del Atlántico.

Ver: HISTORIA DEL TATUAJE (PARTE II)